Recuerdos de El señor de los anillos

Anagrama de Tolkien
Hace muchos años tuve la fortuna de enfermar de una gripe particularmente violenta, la cual me provocaba dolores de cabeza que no me permitían leer nada serio, así que decidí emprender la largamente eludida tarea de empezar El señor de los anillos. Hasta entonces sus tres tomos me habían mantenido eficientemente alejada y la elección fue dictada por la intención de dejarlo en cuanto me aburriera y la certeza de que siendo literatura menor, mero entretenimiento, no llegaría el dolor de cabeza que otro tipo de texto invariablemente me producía.

No recuerdo cuanto tardé en leer La hermandad del anillo, en cambio sí recuerdo que Las dos torres lo leí en no más de cuatro días, y que El retorno del rey me tomó a lo sumo dos en los que no me moví, apenas comí y no fui capaz de hacer nada que no fuera permanecer leyendo completamente hechizada y deseando, conforme iba pasando páginas y vislumbraba el final de ese último tercer tomo, que no terminara, que durara un poco más; leyendo y releyendo para que esa relación especial que había logrado establecer con el libro no se acabara tan pronto.

En ese entonces yo no sabía nada de J.R.R. Tolkien. El señor de los anillos fue de los libros que compré por el título, no por el autor, como tendemos a hacer una vez que creemos que estamos tomando la literatura en serio. No sabía que El señor de los anillos era el pionero de la fantasía épica, no sabía que Tolkien había sido profesor de anglosajón en Oxford y que, como buen medievalista, vislumbraba un mundo en el que los sistemas de realidad se superponen pero no se anulan; no sabía prácticamente nada de la literatura de caballerías, de los héroes ni del destino, pero intuía que en ese libro los hechos heroicos estaban enmarcados en un conflicto eterno entre luz y oscuridad, entre bien y mal, entre la decisión correcta y la fácil, capaces de involucrar a cada uno en la prueba o en la hazaña; que cada pasaje y cada composición lírica del libro se guiñaba el ojo con textos tan diversos como los himnos medievales marianos, las Eddas, el Beowulf, la Saga de Hervör, los poemas gnómicos en inglés antiguo o en old norse, los lais y las sagas, Saxo Grammatico y El cazador de ciervos y El último de los mohicanos de Cooper, el Puck of Pook’s Hill de Kipling y los textos filológicos de los Grimm, entre un largo etcétera. Que estaba en presencia de una obra de inspiración lingüística y filológica, de registros lingüísticos y técnicos insospechados, una obra de profunda inspiración mariana, un juego erudito con historias que creaban un lenguaje y un código moral de vigencia universal. Poco sabía de esto, pero sabía, lo reafirmaba a cada página, que El señor de los anillos era uno de esos textos que me acompañarían de por vida.

Después de eso he recomendado a muchas personas que lean El señor de los anillos, a muchas les he hecho una advertencia: no se desanimen por el tono de los primeros capítulos; la estatura mimética de los personajes y el tono se van elevando conforme pasan las páginas y es sólo al final cuando vemos que el libro se cierra con Sam en la Comarca meciendo a Elenor que se puede comprender la profundidad de esos primeros capítulos. Sin embargo, esto no es suficiente, a veces hay que decir que el texto es capaz de hablarles a personas muy diferentes. Qué los pasajes del bosque negro y la descripción de Eregion han electrizado a lectores que se acercaron con muy pocas esperanzas al libro. Qué las questes –que no son aventuras, sino misiones–, de cada uno de los personajes reflejan la búsqueda ideal de cada uno por ser mejor y que la estafeta la han recogido las personas más disímbolas. Qué la escena de la muerte del señor de los nazgûl, con la hermosa, fría y desesperanzada Eowyn blandiendo la espada con sus rubios cabellos al viento, ha provocado el llanto de gente que se dice refractaria a toda emoción épica. Qué el valor de Aragorn, decidido a enfrentar a los muertos y traer vida a los que aún resisten a la oscuridad, ha acicateado a más de uno a tomar decisiones duras pero correctas. Qué la fidelidad de Sam, y el premio de una Comarca floreciente, ha sido vista como el reflejo de una reivindicación de los trabajadores y una esperanza de que las estrellas no sólo cobijen esfuerzos vanos.

En 2005, empecé a escribir esto, porque ese año se cumplieron cincuenta años de que El señor de los anillos salió a la venta, desde hace 54 años el texto no ha dejado de emocionar. El libro ha demostrado que, sin que importe en qué mundo vivamos, el sentimiento heroico conmueve profundamente, la esperanza no muere mientras hay amor y que las historias de questes justas no dejan de echar raíces en nuestra memoria. Estas notas sólo eso, una memoria emocionada.


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